Carlos Bilardo: campeón de mundo y de las supersticiones

El exitoso entrenador es un Locus Externo, piensa que sus decisiones y vida están controlados por factores externos,

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Alrededor del deporte rey la palabra suerte siempre está presente. En infinidad de ocasiones ha servido para justificar victorias, derrotas, campeonatos o incluso destituciones de entrenadores.

Si nos ceñimos a su definición, nos encontramos que la suerte es el encadenamiento de los sucesos, considerados como fortuitos. Algo incontrolable o aleatorio que ocurre como fruto de la casualidad. A priori, una concepción totalmente alejada a lo que los entrenadores entendemos que es el fútbol, la preparación y su desempeño.

Para los místeres nada es casual o debería de serlo. Todo ocurre por algo o es fruto de un trabajo planificado, programado, periodizado y evaluado. Pero a pesar de todo, en el mundo de los banquillos a lo largo de los años hemos podido toparnos con entrenadores enfermizamente supersticiosos.

Son multitud los directores técnicos que han confesado sus manías, cábalas o supersticiones. Desde Diego Pablo Simeone con su obsesión con la ropa que utiliza en los partidos, hasta el maestro Luis Aragonés con los colores y su fobia al amarillo.

Pasando por los paseos contados de Marcelo Bielsa, el agua bendita de Trapattoni o las corbatas de Felix Magath y Ricardo Lavolpe de vital importancia para ganar sus partidos.

Pero la punta de este curioso iceberg la ocupa sin duda el exentrenador del Sevilla FC

Entrenador
Carlos Bilardo, en su etapa en el Sevilla. /FOTO: EL COMERCIO

Carlos Salvador Bilardo, todo un campeón del mundo con la albiceleste que no dejaba nada al azar y a pesar de que negaba su condición, acumulaba un puñado de rituales que con el paso de los años se han convertido en leyenda.

Sus cábalas eran de lo más variopintas, aunque él lo llamaba costumbres. En el mundial de Mexico 86 siempre iban dos motos delante del autobús en el que viajaban  los argentinos en su traslado a los campos. Salvo en la final donde por orden gubernamental había muchas más. El ex de Boca Juniors, San Lorenzo de Almagro, Estudiantes de la Plata o de la Selección de Colombia no dudó en parar el bus y obligar a los policías ante su sorpresa a retirarse.

También tenia manías con los colores hasta el punto de cambiar las camisetas de equipos como el Estudiantes argentino o la del Deportivo Cali colombiano. Su camiseta era de color verde y el argumento que le dio a la junta directiva a pesar de que no les sentó nada bien es que el verde no se distinguía bien, se confundía con el césped. Logrando que vistiesen de blanco. Bajo ningún concepto se montaba en un metro cuyo número fuese impar.

La lista es interminable, vinculando sus victorias a cualquier hecho, desde llevar una estatua de la virgen al campo, prohibir a los jugadores comer pollo en las concentraciones, obligarles a viajar en taxi o llevar una determinada ruta al estadio. En definitiva, un autentico campeón de las supersticiones.

¿Pero estos rituales funcionan?. La superstición existe porque el ser humano la crea como si

Carlos Bilardo, en su etapa en Boca Juniors

sirviese de consuelo ante la adversidad. En los momentos de vulnerabilidad es cuando más aparecen este tipo de comportamientos. Lo cierto es que la manera en la que estos rituales surgen es de lo más llamativo. ¿Por qué se siguen haciendo y se mantienen como hábitos a cumplir religiosamente?

Estos comportamientos ritualistas convertidos en una fuerza irresistible a la que los deportistas acuden en realidad no tienen ningún sentido. Pero hemos llegado en muchas ocasiones a aceptarla y entenderla como parte de juego.

Para comprender por qué unas personas si y otras no, creen en estas cosas hay que echar mano de una de las teorías del psicólogo Julian B. Rotter en sus estudios de psicología positiva en los que habla que el existen dos tipos de personas.

El Locus interno es capaz de controlar su vida, confía en sus propias habilidades y tiene un gran sentido de autorresponsabilidad en sus acciones. Por otro lado, está el Locus externo que piensa que sus decisiones y vida están controlados por factores externos, confía en que su éxito o fracaso depende de otros y los resultados de sus acciones no están basados en su propio desempeño.

En definitiva, podemos concluir que en el mundo del futbol y de los banquillos en particular hay mucho locus externo. Tal vez por lo difícil que resulta en muchas ocasionas comprender por qué nos ocurren las cosas.

Pero no cabe duda de que cuando son positivas seguimos queriendo que nos continúen pasando y nos quedamos hasta con el más mínimo detalle de lo que hemos hecho el día en el que ganamos para que se vuelva a repetir.

 

 

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